Pequeños nuestros hijos, en casa vimos juntos la película Rigoletto, de Leo D. Paur. En resumen: el Señor Ribaldi, hombre muy rico, de aspecto temible, rostro cicatrizado y cojo, pero, sin embargo, ¡con un alma noble! Por otro lado, el pueblo que le rodeaba muy ignorante y prejuiciado, alimentándose cada día de falsos rumores acerca del «monstruo» Ribaldi.
Acrecentado el odio hacia él, todos a una decidieron incendiar al «monstruo» con su mansión. Así lo hicieron. Lo doloroso es que el administrador del señor Ribaldi, reunió a esa turba insensata, citándoles detalladamente los casos en que Ribaldi había intervenido anónimamente, como, por ejemplo, saldando facturas médicas de ellos, cirugía a un niño paralítico del pueblo volviendo a caminar; a otros, salvándoles las hipotecas de sus casas, además, muchas otras obras de bien, pero discretamente. Al escuchar esto, todos palidecieron de remordimiento, pero ya era tarde, ¡HABÍAN ASESINADO A RIBALDI! Yo, me secaba las lágrimas disimuladamente para que los niños no lo notaran, aunque ellos estaban muy compungidos también.
La Biblia habla del falso rumor y la calumnia que ha dañado irreversiblemente la reputación a tantos. El Señor dice: No admitirás falso rumor (Ex.23:1). Mejor refrenemos las pasiones; desechemos el prejuicio, y la ignorancia también, porque es criminal.
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