Jorge Issac Casasola. (Choza)
Hoy en día estamos rodeados de tanta tecnología y tenemos prácticamente todo a nuestro alcance. De niño recuerdo ver mucha gente descalza; para muchos, tener una bicicleta era casi un imposible. Pero también recuerdo que en la mayoría de los hogares predominaban los valores, el amor y el sentido de familia.
Bien o mal, muchos disfrutamos de una infancia sencilla, rodeados de amigos reales que, en algunos casos, todavía conservamos. Jugábamos con poco: cromos, jackses, billetes de cajetillas de cigarro a los que les dábamos valor según el precio, un aro de bicicleta y un palo para hacerlo rodar. Nos mojábamos en los aguaceros, veíamos televisión en familia y encontrábamos diversión en las cosas más simples.
Si hoy nos detenemos a mirar hacia atrás, nos damos cuenta de que disfrutábamos mucho con muy poco.
Actualmente, la tecnología y el poder adquisitivo nos permiten tener casi todo al alcance de la mano, con un poco de esfuerzo. Sin embargo, muchas veces confundimos la felicidad con el tener. Y mientras abundan las cosas materiales, también vemos hogares disfuncionales donde hay de todo, menos valores, amor y verdadera convivencia familiar.
No está mal tener, progresar y disfrutar de los frutos de nuestro esfuerzo. Al contrario, debemos valorar nuestros logros. Pero nunca deberíamos dejar de lado aquello que realmente le da sentido a la vida: los valores, el amor, la familia, la amistad y la capacidad de disfrutar de las cosas sencillas.
Porque esos son los verdaderos combustibles de la felicidad.
Me preocupa el rumbo que está tomando nuestra sociedad. Cada vez parece más descarriada y, si seguimos confundiendo bienestar con acumulación de cosas, podríamos llegar a un futuro que parece sacado de aquellas películas épicas de ciencia ficción: una humanidad con grandes avances tecnológicos, pero casi extinta en valores, amor y verdadera felicidad.
Quizás algún día volvamos la mirada atrás y comprendamos que aquella infancia que creíamos pobre porque teníamos tan poco, en realidad estaba llena de una riqueza que hoy cuesta encontrar.
Porque tal vez la felicidad nunca estuvo en lo que teníamos, sino en quiénes estaban a nuestro lado, en una mesa compartida, en una carcajada entre amigos, en una tarde de lluvia, en un abrazo de nuestros padres o simplemente en sentirnos queridos.
Y cuando todo lo material desaparezca, cuando ya no importen los teléfonos, los carros, las casas ni las cosas que tanto nos esforzamos por conseguir, quizás solo nos quede aquello que nunca pudimos comprar: el amor que dimos, los recuerdos que dejamos y las personas que hicieron que nuestra vida valiera la pena.
Tal vez ahí descubramos que fuimos felices muchas veces sin siquiera darnos cuenta. (Choza )
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