A veces, sin darnos cuenta, llegamos a pensar que todo lo que hemos dado por alguien tiene un valor que puede compensar cualquier otra cosa. Una ayuda económica, una casa, comida, regalos, ropa o cualquier bien material pueden ser importantes, pero nunca deberían convertirse en una medida del amor ni del derecho a ser tratados de determinada manera.
Lo material se puede comprar, regalar, perder o recuperar. Lo emocional no funciona de la misma manera.
Una palabra puede quedar en la memoria durante años. Un desprecio puede doler más que cualquier regalo. Y la tranquilidad, el cariño, el respeto y sentirse querido no tienen precio.
Quizás por eso, de vez en cuando, deberíamos detenernos y preguntarnos si estamos valorando a las personas por lo que les hemos dado o por lo que realmente significan para nosotros.
Porque cuando lo material se interpone entre nosotros y los sentimientos, corremos el riesgo de creer que haber dado mucho nos da derecho a exigirlo todo.
Y no es así.
Dar no debería convertirse en una deuda emocional.
El verdadero valor de lo que hacemos por alguien no está en poder recordárselo cada vez que existe un conflicto, sino en hacerlo sin utilizarlo después para justificar palabras, actitudes o heridas.
Tal vez algún día comprendamos que las cosas que más recordamos de una persona no son aquellas que nos compró, sino cómo nos hizo sentir cuando estuvimos a su lado.
Al final, las cosas materiales pasan.
Las emociones quedan.
Y quizá la verdadera reflexión sea preguntarnos qué estamos dejando en el corazón de las personas que amamos: ¿gratitud por lo que les dimos o heridas por la manera en que las tratamos? (choza)
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